Una paloma en tierra de nadie

Mauricio García

 Hace un año, como pocas veces había pasado en Colombia, el pueblo había sido reunido para empezar a decidir sobre su futuro en un plebiscito que hacía un llamado histórico con el compromiso social. Como ya sabemos, los resultados fueron absurdos. Con un margen de diferencia muy pequeño, y valga decir que también con una participación pírrica respecto a lo que se decidía, el resultado no fue favorable ante el llamado de la historia. Las condiciones ideológicas que apostaban a la guerra, al lucro personal y de ciertos sectores privados, como también de algunas convicciones absurdas, dieron cabida a algo que debió hacerse desde un principio, a saber, la firma de un tratado sin la consulta a las personas. Un país poco educado no puede decidir todavía por sí solo, más cuando la educación en su sentido no sólo institucional ha estado dirigida por unos intereses políticos y económicos.

 Ahora bien. No se trata de hablar de nuevo sobre las formas por las cuales se llegó a tal resultado. Quienes impulsaron tales decisiones tendrán en su sucia consciencia el cargar con sus intereses y el malestar de la sociedad. ¿Por qué hablar de nuevo sobre la paz? ¿No fue ella el momento de un sólo día no más? A pesar de muchos, el problema de la paz no ha sido bien pensado en Colombia. La memoria histórica no nos pertenece como país; ella hace parte ya de la prehistoria.

 Hablar de la paz en este momento debería verse como la reflexión que hay que hacer respecto a nuestro futuro. En un artículo publicado el domingo 29 de octubre por el diario inglés The Guardian, de esos artículos que difícilmente se encuentran en un medio nacional que no le de miedo hablar de la familia Lülle, vuelve a mencionarse desde el exterior cómo el proceso de paz no ha sido tomado en consideración como tendría que serlo. En un país en el que muchas personas todavía dependen del campo para vivir, el diario inglés habla de la forma cómo el Estado, los empresarios, paramilitares, exguerrilleros y defensores de la tierra, se están enfrentando en los últimos meses por el control de la tierra. Para los últimos, aquellos que han venido siendo asesinados, de manera no sistemática según el gobierno, el cultivo de la tierra es la única forma de tener una vida digna. Y de eso se trata precisamente un país en paz: que sus ciudadanos puedan tener una vida digna, con condiciones materiales satisfechas, con formas de justicia que puedan hacer parte de su vida, entre otros aspectos. De manera lamentable, el asesinato de campesinos no es un caso aislado. ¡Van 28 activistas asesinados este año! ¡Y el año pasado fueron 37! Podemos discutir sobre el número; unos dirán que son más, otros que menos. El hecho es que es que está pasando. Nuestro pasado violento no escapa todavía de nuestra realidad; el imaginario que hacemos del mundo sigue marcado a fuego por la violencia.

 Pero que tampoco se malinterprete. No somos agresivos por ser colombianos como pensaban en el siglo XIX algunos cronistas. Si bien la violencia hace parte de nuestra naturaleza humana, las condiciones históricas y materiales nos hacen pensar en ella como recurso ante la inexistencia de un Estado capaz de cumplir con su labor de protección. El monopolio de la fuerza, como se ha definido al Estado, no es para ser usado en contra de las personas, todo lo contrario; aunque no falta el canalla neoliberal que piense que es así y por eso las personas tienen que buscárselas por cuenta propia así vivan en la pobreza.

 Quizás lo que no ha estado en la discusión pública es por qué no nos hemos puesto a pensar en lo que a Colombia como país le pasa. En ningún momento hablo de nación. Si nos detenemos a pensar no ha habido una explicación para ello; pero hay hechos que nos indican razones para pensar el problema sin llegar en este momento a resolverlo. Hay por ejemplo el dato de la poca participación política; el desinterés manifiesto por el otro como persona llena de derechos y responsabilidades; pensar que la política es sólo para políticos, y como todos son corruptos (razones sobran para quien piense así), entonces no hay nada por hacer. En términos del casi olvidado filósofo alemán Herbert Marcuse, es el hombre unidimensional colombiano: apolítico, acrítico, individualista irracional, y con una obsesión por satisfacer sus deseos bajo impulsos absurdos. Un gol se grita más que una injusticia. Pero, ¿se puede ser realmente apolítico? Acrítico sí se puede ser. No es una idea innata; es un proceso formativo del que se carece en Colombia. Para la muestra un botón: las ridículas pruebas Saber realizadas por el Estado. Pero no pensar en la política, no ser un sujeto político es algo a lo que no se puede escapar. En nuestra condición como humanos estamos atados al hecho de convivir moralmente con los demás, pues con ello garantizamos aquello que Rousseau planteaba como los dos principios de la naturaleza humana: la autoconservación y el no dejar que el prójimo sufra. Pero aquí no nos pasa esto. Y este rechazo histórico a nuestra naturaleza es lo que debemos plantearnos. Es que...¡miren como viven en Venezuela! ¡Qué pesar! ¡Y este presidente anarco-socialista-guerrillero-aliado de los terroristas nos quiere poner en la misma situación! Ver una pancarta en una manifestación diciendo que Juan Manuel Santos es marxista-leninista no es sólo una muestra de absoluta estupidez, sino también una negación de la historia realmente deslumbrante. Es que él fue Ministro de Comercio Exterior en el gobierno de César Gaviria, el mismo de la nueva onda de la política que vende a los países; y también fue Santos quien promovió un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, que de socialista tendrá quizá el rojo en su bandera. Esto es ser acrítico, pero no apolítico.

 Es más que evidente que la atención ha sido desviada a donde no es. Y no puede dejar de pensarse que esto se debe a la creciente derechización de la sociedad colombiana. Se están defendiendo unas ideas que es más que claro, van en contra de nuestros intereses. Pero el problema es que ya ni sabemos cuáles son nuestros intereses. No puede ser posible que Colombia siga siendo un país tan desigual, con tantas violaciones de derechos humanos, precariedad laboral y espiritual. Pero recalcamos: la derechización de la sociedad se está tomando la vida de las personas y ya la sociedad nos ha puesto en una sin salida y hemos terminado por admitir lo que racionalmente sería indefendible. La subjetividad neoliberal nos ha puesto en un estado de cosificación, de vernos como determinados por las cosas y como cosas, que pensamos al otro y a nosotros mismos como emprendedores, innovadores, capaces de sacar nuestro propio negocio, sin la más mínima ayuda estatal, salvo aquella que la tutela permite. Desde Medellín, donde se escribe esto, el discurso ha calado enormemente. Ha sido política de varios alcaldes, cuyo punto más alto fue Aníbal Gaviria (valga recordarlo dos años después de haber acabado su alcaldía dejándonos en problemas), poniendo a Medellín como Ciudad innovadora (Medellinnovation); a la concejal Daniela Maturana vendiendo a Medellín como si fuera una marca de balón de fútbol, y a la gente creyendo que somos innovadores cuando no hemos podido salir todavía de una crisis ambiental, precarización laboral, indigencia y tugurios que rodean la eterna primavera.

 No es fácil por supuesto poner a discutir a la gente sobre cosas que ve como ajenas a su vida la política. Preguntarse qué hacer ahora requiere de un esfuerzo teórico y práctico que logre llegar a la consciencia pública. Los distintos sectores encargados de la formación deben darse cuenta de su responsabilidad. Pero sabemos que algunos de estos mismos sectores son los que no quieren que ello ocurra. Efigenia Vásquez, periodista indígena asesinada el 8 de octubre en Puracé (Cauca), estaba filmando lo que pasaba ante una manifestación de su comunidad ante quienes ellos consideraban habían ocupado sus tierras. En su entierro, sus dolientes se acercaron en su recorrido a la estación de Policía, vista como la culpable del asesinato de su compañera. Al llegar allí gritaron:

 

“Ustedes mataron a nuestra mujer; continuáremos con nuestra lucha.

Ustedes mataron a nuestra periodista; continuáremos con nuestra lucha.

¿Hasta cuándo?

 

¡Hasta siempre!”