Mauricio Calle Z.

Curiosamente entre septiembre y octubre del 2017, algunos periódicos de nuestro país, y, contra todo pronóstico el periódico el Colombiano de la ciudad de Medellín, incluiría en sus columnas de opinión la celebración del aniversario de por lo menos alguno de estos tres acontecimientos que revolucionaron la historia de la humanidad y del pensamiento occidental. Recordaban, o los 500 años de la reforma luterana, los 150 años de una obra excepcional como lo es El Capital de Karl Marx o los 100 años de la Revolución Rusa. Sin embargo, las columnas, tal como podrá apreciar el lector que desee confrontarlas, terminarían siendo vituperadas por su contenido, que al parecer de algunos nescientes colombianos de sana inteligencia, son el reflejo de que nuestro país va en dirección a las fosas del comunismo castro-chavista: una “categoría del miedo” que se ha popularizado en los últimos tiempos y que se ingeniaron nuestros amigos del sector más conspicuo de la dirigencia y banca colombiana.   

Pero bueno, todo aquello que se populariza en boca de cierta “mayoría” se degenera y más aún cuando vivimos en uno de los países con mayor atraso político, económico y educativo. En fin, para no restarle importancia a lo que nos reúne acá pongamos atención por lo menos a dos de estos acontecimientos. Con Martín Lutero se inaugurará la primera subversión de la historia de la humanidad, en especial, esa verdad inclemente y absoluta impuesta por la religión católica. Lutero puso “Patas arriba”, (expresión poco coloquial), el poder de una “máquina terrenal divina” que vendía cuál feria, el cielo con plegarias e indulgencias. Era el tiempo de las transacciones “bancarias” con las que pagabas a cuotas y con abonos no muy cómodos, tu lugar privilegiado en el cielo. Lamentablemente, Lutero caería en el olvido y con él las 95 tesis o mejor dicho, los 95 golpes de martillo, (al buen estilo nietzscheano), que daría en la puerta de su desgracia. En Europa esto tuvo sus efectos y el mejor ejemplo seguirá siendo la Revolución Francesa. En Colombia, tras siglos de atraso sigue siendo igual. Acá no ha calado “nada” de aquello devenido de tales acontecimientos de la modernidad. La iglesia en Colombia sigue sosteniendo su poder a través del poder estatal. Lutero les alzaría de nuevo su martillo en su tesis 92 “Lejos, pues, con todos aquellos profetas que dicen al pueblo de Cristo: "Paz, paz", y no hay paz!”

           Siglos después de este gran acontecimiento, que el mismo Marx admiraba afirmando que Lutero había vencido la servidumbre, aparecería como otro golpe más de martillo, una obra que transformaría el pensamiento occidental y subvertiría esa imagen sagrada de la economía política del siglo XVIII: El Tomo I del Capital de Karl Marx. Esta obra nacería, tal como lo recuerda el mismo Marx en los primeros renglones del primer capítulo sobre la “Mercancía y Dinero”, del estómago o de las vísceras. He aquí el primer logro del Capital. Marx funda su obra sobre una antropología al margen de la tradición griega o romana. Allí no cabe más la inteligencia, la voluntad o las ideas arquitectónicas de la realidad. Acá se trata de una antropología de corte judío, que haciendo honor al origen del pensador alemán, piensa toda necesidad desde las entrañas. Principio de toda necesidad que rechazará el cristianismo cuando Pablo de Tarso atacando a los filipenses afirma:  “El fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal” (Filipenses 3, 9). Y un principio que llevará a Marx a iniciar la crítica a todo sistema de valores proveniente de la economía política. La crítica a la religión debe ser la madre de toda crítica posible. De ahí que Marx en su crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel afirme que la premisa de toda crítica es la crítica a la religión. La razón se debe a que ella es “la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo” (Introducción para la crítica a la filosofía del derecho de Hegel) 

Por tal razón, el segundo gran logro del Capital de Marx es la crítica a esa divinización del capitalismo. Es la obra que pensada desde los Grundrisse hasta su publicación en 1867, sigue siendo extraordinariamente emancipadora, convirtiéndola en estos tiempos obscuros del imperio neoliberal y ordoliberal en la condición de posibilidad de transformación social. El Capital de Marx sigue pensando y señalando proféticamente, negando esas insinuaciones popperianas reduccionistas de Marx, las problemáticas contemporáneas de la economía política en las que la precarización del trabajo, el agotamiento de los recursos naturales, los efectos de la tecnología, la miseria, la acumulación de mercancías, la fabricación de plusvalor, el control del mercado, entre otros, son el efecto más terrible de aquello que Marx denunció hace más de un siglo: la deshumanización del capitalismo. 

Hasta nuestros días, el capitalismo sigue viéndose a sí mismo como un algo consustancial a su propia expansión y encubrimiento fuera de toda perspectiva humana. El turbo-capitalismo rampante tiene su propia antítesis y la encontró allí donde fracasó como sistema económico redentora de la desigualdad. No pudo el gran señor Capital sacarnos del valle de lágrimas ni mucho menos ha podido cerrar la brecha de la desigualdad. En su cinismo sólo ha sido capaz de manifestar su falsa humanidad en los diversos modelos neoliberales y ordoliberales que han empobrecido al mundo y que planean seguir haciéndolo cada vez más y de forma más salvaje. Por eso, cuando hablamos del Capital de Marx como el martillo que resquebrajó el templo sagrado de la economía política dirigimos nuestra mirada más allá del comunismo o al fracaso de sus interpretaciones (para el típico argumento empirista) como el caso de las URSS.

Cuando hablamos de Marx, no podemos dejar de pensar en esa cifra revelada el 16 de noviembre del Banco Mundial sobre Colombia donde el 10% de los más ricos ganan 4 veces más que el 40% de los más pobres. No podemos dejar de pensar en la cifra de la organización Techo donde revela que 13,5 millones de colombianos viven en la extrema pobreza sin acceso a los servicios básicos. No podemos dejar de pensar que Colombia sigue ocupando el 2do lugar después de Honduras en ser uno de los países más desiguales de Latinoamérica. En fin, cuando nos referimos a Marx no nombramos con ello a la izquierda mezquina de Venezuela o de Cuba, pensamos más bien el egoísmo y la exhibición del capitalismo a través del lujo, de las altas tasas de interés dictadas por un Sarmiento Angulo o de la venta de recursos naturales de nuestra casa común Colombia que cada día tiende a ser el estante o bodega de existencias y mercancías de organizaciones neoliberales de Canadá, EE.UU, China, entre otros. Recordamos a Marx y su obra para dirigir nuestra mirada a la dignificación de la humanidad, de la libertad del hombre, de la coexistencia con el otro y la naturaleza y a denunciar con ello a esa clase obrera que, teniendo a su favor el trabajo vivo, siguen aspirando a una burguesía eligiendo a Trump, a Macron, a Merkel, a Rajoy y en latinoamérica a Macri, a Temer, a Santos, a Vargas LLeras, entre otros. De ahí, que no haya izquierda más mezquina que aquella que apuesta por formar un tipo de pensamiento “revolucionario” bajo el mecanismo de la servidumbre, de la propiedad privada y la renta de la tierra. 

En suma, el tercer gran logro del Capital de Marx es que después de 150 años continúa martillando, su vigencia se renueva en aquellas sociedades a quienes se les ha arrebatado sus condiciones de existencia, a quienes se les ha rebajado a la condición de mercancía y a quienes se les privó de la creación de Valor para ver su mera abstracción y terminar al servicio de la producción del plusvalor. Afortunadamente hoy, con más intensidad que en cualquier época, se sigue leyendo a Marx. De hecho, antes que leer la tradición marxista hay que acercarse a ese vasto océano que es Marx, su vida, su legado, su pensamiento, su coherencia y su apuesta por la transformación social en la que cada hombre se vea a sí mismo como tal y no como una bestia de trabajo al servicio de la mercancía. Leer a Marx debe ser una experiencia vital en el que ese mundo de la vida (Lebenswelt) no sólo sea una descripción o correlato de la conciencia, sino también de una revolución de sí y para sí, es decir, de una transformación que martille toda postura egoísta, mezquina, utilitaria y pragmática de relación con el otro y con el mundo que nos rodea. Ojo a quienes creyeron que Marx había muerto. Eso le ocurrió a Dios hace siglos. ¡Ojo! El Capital en sus 150 años sigue martillando y renovándose desde el cóncavo vientre del hombre menesteroso, desde sus vísceras.