A propósito de los cien años de la Reforma Universitaria de Córdoba y de los cincuenta años de Mayo de 1968, presentamos a los lectores unas reflexiones acuciantes, que podríamos llamar los laberintos insolubles y las encrucijadas irresueltas de la universidad. En mayo de este año se conmemoran algunos sucesos que impactaron la vida universitaria del mundo, y no obstante su repercusión, al día de hoy, ni se evocan, ni son objeto de conmemoración, menos aún, nutren una forma de pensar diferente nuestro entorno académico-administrativo, cada vez más engullidos en un mundo cuya unidimensionalidad, para decirlo con Herbert Marcuse, viene aplastando la imaginación y la anticipación, valores esenciales de la creatividad universitaria.

 

El mayo francés, que celebra cincuenta años de haberse precipitado y la reforma de Cordoba, mucho más atrás, cumple ciento veinte años de haberse extendido en toda Latinoamérica, no fueron eventos casuales, ni circunstanciales, tampoco momentáneos. Uno y otro transgredieron los cimientos de la universidad en su aparente inalterable mentalidad e instituciones cristalizadas y congeladas en ciertas tradiciones anticuadas, de igual manera, ellas alteraron, además, las bases de la vida en occidente. Su impulso produjo variados procesos de cambio, en las instituciones y en las mentalidades, en su momento fortalecieron la irrupción de nuevos movimientos sociales y subjetividades, nuevas relaciones sociales y comunicacionales, atizaron las contradicciones de las clases sociales y de las elites en el mundo y penetraron, entre otras circunstancias, en el espacio de la vida familiar y se divulgaron a todos los públicos, ya no de una raza, grupo y pueblo, abrigó e incidió en la gente de a pie.

 

Esos dos eventos en retrospectiva, asombran cuando no espantan, en contraste con el mutismo, el sonambulismo, o la agonía en la que marchamos a diario en nuestros medios sociales y universitarios. Rememorarlos nos debe servir ya no de colofón, sino de interrogación para poder atisbar algunas reflexiones sobre lo que viene sucediendo con la universidad, en Colombia y por extensión a nivel global. Lo cierto es que la premura, la avidez con el correr del tiempo y el aceleramiento, en la cotidianidad,  e incluso en no pocos de los procesos académicos, administrativos e incluso investigativos, como la presión de varias atmosferas vienen sofocando unas nociones más vitales o potenciales de la vida universitaria. Al éxito, el reconocimiento, los triunfos, las premiaciones e incluso los galardones, la obsesión con alcanzar las matrículas de honor, las menciones de honor y otras artificialidades que como se saben se colaron desde el mundo medieval a la modernidad, todo ese ritualismo naturalizado se ha impuesto deshonrosa y vergonzosamente en la percepción de la vida universitaria donde prima el halago, la adulación o cuando no la competencia y un individualismo, ególatra, que ha llevado a destrozar lo valioso y lo sustancial del espíritu universitario, esto es, la conciencia de sí, la autodeterminación, las convicciones personales o los principios éticos y racionales.

 

A esta universidad de logros y premios, de resultados y de eficiencias, le falta pausa, quietud y lentitud. La madurez científica ha sido sofocada y arrollada por los números y lo cuántico. Al formato le sigue la firma y a la firma le sobreviene una comisión de expertos que validan, examinan, califican y dictaminan, autoridades ad hoc, que como diría el antioqueño universal Baldomero Sanín Cano, en el “siglo de las comisiones” – este siglo -, fungen como las enseñanzas del nazismo, esto es, que las tentaciones totalitarias no son una simple amenaza, pues, el culto de espíritu corporativo mata cual campo de concentración, al librepensador y al demócrata. Es más importante el proceso, tiene mayor injerencia la burocracia y se naturaliza el ritual de la adulación y del elogio mutuo. Pero el tren del progreso ilimitado debe tener algún freno y a la marcha de las decisiones es impostergable oponerle la marcha de las ideas (Walter Benjamin). Nos hemos acostumbrado (naturalizado) a esta linealidad, sin cortes, sin pausa y menos aún, sin tener autoconciencia de las contradicciones, más aún en una universidad que en aras de la normalidad nos somete al ritmo y al tiempo mercantil y cuantifica nuestras actitudes como nuestros pensamientos y opiniones. Hace rato, esta linealidad sin quiebres, nos sujeta a muchas encrucijadas, a la solidez, la constancia, la paciencia, la pausa e incluso, la creatividad de la universidad se le impone la flexibilidad, la fluidez, el confort y la conformidad. ¿Bajo qué condiciones se viene desarrollando la actividad universitaria en todos sus resortes? ¿Qué imágenes estamos transmitiendo y emulando en nuestros estudiantes?

 

Con ser un problema de sujetos y un asunto global del tiempo; la aceleración que impide una conciencia del mismo, la irrupción veloz que como rueda suelta, hace incapaz que reflexionemos y pensemos qué tipo de universidad, de docentes, de investigadores, de procesos pedagógicos, de construcciones académicas, de prácticas o extensión universitaria debemos – y podemos – constituir para no vernos empujados a un ilimitada carrera de logros y de  resultados. Y es cierto, si bien el tiempo del mercado es un referente que ha desarticulado muchos de los pilares de la universidad que podríamos llamar humanista, ilustrada e incluso crítica, dice más, un presentismo inconexo que rompe el pasado con el futuro y el futuro con el pasado. El acentuado silenciamiento, la autocensura y la desdicha de cumplir con jornadas de trabajo y de transmitirles a los estudiantes el slogan del “tiempo es oro”, ya no abruma, se acepta sumisamente sin capacidad de oposición. ¿Es el tiempo del mercado que debe regir el tiempo de las universidades? Preocupados más por lo administrativo, por lo burocrático, por los procesos o por las decisiones políticas, se ha olvidado lo esencial de la vida universitaria, la reflexividad, el debate, la confrontación, el disenso, la crítica, en fin, la razón pública, lo público, que es parte incuestionable y esencia de este espacio.

 

Contra esta “jaula de hierro” (Max Weber) de racionalidad burocrática, del tiempo de las decisiones, la universidad se ha extraviado por muchos de sus laberintos que aparecen para algunos insolubles. ¿Cuántas crisis no ha soportado la universidad y se entiende o comprende que ella misma es la que debe garantizar la salida porque es de su naturaleza la razonabilidad y su comunicabilidad? ¿Será necesario espera que se acentúa esa crisis desde afuera y que un golpe como un mazazo la sacuda de su modorra? De ordinario se dice “recordar es vivir”, o de modo absurdo “El que no conoce la historia tiende a repetirla” No será mejor “olvidar nos hace vivir”, no es aquel olvido premeditado e intencional; que los conversos de las ideologías y las posiciones políticas (de izquierdas y derechas) usan oportunistamente para no ser responsables de sus equívocos y errores tiempo atrás. El olvido es la vena nutriente de la historia, así mismo es imposible repetir la historia en el desconocimiento. Lo cierto es que a la dictadura del tiempo, del presentismo o de una actualidad inconmensurable, el olvido condimentado con la indiferencia con el pasado, es un arma más en las sucesivas encrucijadas que vive la universidad hoy. Si esa “peste del olvido” que campea en los recodos universitarios es asiento de la indiferencia y de la apatía entre los miembros de la comunidad universitaria, ¿Qué diremos de los estudiantes, de las nuevas generaciones que hoy por hoy entran a la universidad hiperconectados con las nuevas tecnologías, achatados por el presente pero profundamente distanciados del pasado inmediato y del más remoto? ¿Con qué herramientas pedagógicas y de otro orden, lingüísticas, comunicativas, haremos frente a esta profunda racionalidad temporal de realizaciones momentáneas y de logros fugaces y efímeros? Una de las encrucijadas que alimentan esta sordidez de la vida universitaria es el cambio generacional estudiantil y a renglón seguido, el cambio generacional docente, un estamento donde a los profesores acomodados, ya por su periodo de prueba, por su titularidad o a punto de jubilarse, se le conjuga sus proyectos de vida y sus expectativas contrarias a cualquier renovación e innovación en la universidad. ¿Cómo afrontar estos cambios generacionales en la universidad masificada y sujeta al tiempo del mercado? Para muchos, rememorar o mejor emular o evocar es una estupidez romántica o ilustrada, el humanismo es un relato vetusto y una nostalgia insulsa de generaciones inveteradas y enmohecidas. Rendir, cumplir, invertir a corto plazo, racionalizar, reducir costos y aumentar los logros, invertir esclavizando es la tarea y misión de la idea de universidad.

 

Otros eventos que se conmemoran este año, pasarán inadvertidos, cuando no serán los desechos frente a otras historias de la historia. Estamos en la era de la paz y el postconflicto, por lo tanto hay que rendirse a un nuevo clima social e institucional. Hace ciento veinte años aconteció un evento que se le llamó el Affaire Dreyfus, que condujo a Emile Zola publicar una carta que llevó por título: “Yo acuso: la verdad está en marcha”. En medio del racismo y el nacionalismo, del patriotismo y el fanatismo (no solamente religioso) obtuvo carta de ciudadanía el intelectual moderno como “conciencia vigilante de la sociedad”. A la par este año, son ya, ciento setenta años de conmemorarse las primeras revueltas proletarias en Europa, las llamadas revoluciones del 48, que más adelante produjeron la democratización de las sociedades, el sufragio universal, el reconocimiento de las clases oprimidas en el mundo político y un nuevo contorno ideológico de luchas sociales y culturales incluso. Pero en esta universidad masificada y del mercado, en la era postcolonial y posconflicto, son simplemente hechos del pasado, o embelesamientos de eruditos, caprichos de intelectualoides. Esos embelesamientos del pasado forjaron nuestras identidades universitarias, como quieran algunos reñir y sostener que el pasado Pasado Es. Como se recordará, con las revueltas estudiantiles de Mayo de 1968 se reconoció la importancia de la democracia en la universidad, se la desburocratizó de castas empotradas por un siglo y se secularizó el conocimiento, se planteó el gobierno democrático universitario de profesores y estudiantes.

 

Cincuenta años atrás, en 1918, la Reforma de Córdoba en Argentina planteaba las mismas aspiraciones y anhelos que se propició en el mayo francés; democracia, transparencia, ética y razonabilidad pública, y promovieron una postura anticolonial, una crítica a la colonialidad que los poscolonialistas o decolonialistas de última hora no citan e ignoran. Des-idolatrar, desmonopolizar el saber de las castas (eclesiales preferiblemente) y secularizar y democratizar fue la misión y el anhelo anticipado de la utopía universitaria latinoamericana. No obstante lo anterior, la mudez, el cinismo y el silencio, cuando no la apatía y la indiferencia campean en los recintos y en los escenarios de la universidad colombiana, sea reiterado y una vez más indicado. Vale recabar que en uno de los apartes del análisis de coyuntura política construido por Karl Marx en 1851 titulado “El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”, comentó que: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Este año se cumplen doscientos años del nacimiento de Marx, a quien su madre como recuerda la biografía de Francis Wheen titulada: “Karl Marx” le habría escrito: “Habría preferido que reunieras un capital en vez de escribir sobre él”. Pero entre nosotros ese peso es inexistente y son más los muertos insepultos en la universidad. Entre esos sucesos que deberían ser objeto de reflexión y análisis, que hacen que las tradiciones sean los antídotos con que se revive la esencia de la vida universitaria y una sucesiva e intempestiva transformación generacional, la universidad vive, de desasosiegos, entre encrucijadas y laberintos, que la colocan en una constante crisis y la envuelven en un torbellino de procesos inconclusos que al parecer la están llevando a su derrumbe y a su destrucción, por inercia y beneplácito.

 

La desconexión o mejor, el implacable engullimiento del tiempo, mercados, burocracias, decisiones políticas y administrativas, le han arrancado el halo del respiro, estrangula el aliento necesario para poder respirar mejor. Hoy por hoy, la relación universidad y memoria histórica ya no es nostálgica, ni siquiera es un anhelo, porque el dominio y aplastamiento, por modas recurrentes, en todas las ciencias, dictadas en los cursos, sentidas en los recovecos de la Universidad, en todas las latitudes, y una contemporaneidad vivida por el arrollamiento nos hace derivar en encrucijadas sin solución, y en laberintos sin salidas. La dilación es otro camino más en este espíritu universitario. Ahora, este año afrontamos otra encrucijada y un laberinto más, la elección rectoral. En el prefacio del Manifiesto estudiantil de Cordoba (1918) se dijo lo siguiente: “Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica […] si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y de consiguiente infecunda. Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden”. Cien años después rehacemos las cadenas e infestamos de modo infecundo el espíritu de la educación.n.

 Rafael Rubiano Muñoz

 Profesor Titular

 Facultad de Derecho y Ciencias Políticas