Santiago Torres Sierra

 

A una semana de la derrota de la consulta anticorrupción los análisis maniqueos se virilizan entre quienes creen que los corruptos ganaron y quienes ven en una consulta popular con alta participación un paraíso de cucaña. Pero adornar la derrota o hacer un berrinche político ante la incapacidad de los sectores subalternos de convertirse en poder, de nada sirve a menos que la derrota se tome por vocación y la correlación de fuerzas actual adormezca a quienes buscamos cambios estructurales en esta sociedad por la misma comodidad que da la marginalidad.

 

Esta consulta era, ante todo, un insensato proyecto gatopardiano de un neoliberal-progresismo que en su afán de buscar trampolines electorales no supo leer una coyuntura con un tecnócrata al poder que -con los monstruos de la extrema derecha a sus espaldas- podía salir fortalecido como de hecho lo está haciendo. Las cartas están ya sobre la mesa: un extremo centro en busca de legitimar su discurso aparentemente conciliador para llegar con fuerza a la disputa por la Alcaldía de Bogotá; un  presidente jugando cómodo a las visitas en la Casa de Nariño que le permiten capitalizar un caudal electoral que supero su votación; y, sobretodo, un país real que grita por la ofensiva neoliberal que aqueja a sus sectores populares, el genocidio de líderes sociales de izquierda y una paz que en simultanea agoniza. Y es que en este punto hay que tener claro que la aglutinación de fuerzas políticas y la homogeneización del abanico electoral alrededor de la lucha anticorrupción habla de una democracia enferma que rechaza el conflicto porque olvida traducir en él las demandas sociales que realmente aquejan las condiciones materiales de existencia de su pueblo.

 

La supuesta lucha contra la corrupción es prueba ineludible de lo anterior. Empecemos por concluir lo que debería ser lo obvio: el problema no es la corrupción… La falla empieza desde un diagnostico que olvida (por activa o por pasiva), que por la configuración de una élite alrededor del Estado desde su misma génesis, en Colombia, este sector ha implementado una serie de mecanismos para consolidar y mantener su poder a lo largo de la historia. Entre esos mecanismos se encuentra el caciquismo, el clientelismo y el gamonalismo; que como prácticas históricas propias del bipartidismo se enmarcan en lo que ahora es ese significante vacío que llaman corrupción. Por tanto, no habría que ser muy perspicaz para entender que el problema fundamental es la ostentación del poder por parte de las élites y que la corrupción, como manifestación del problema real, sólo se acaba si se es capaz de disputar el poder a la oligarquía.

 

Para la muestra está que el establecimiento (entendido como aparato de dominación de las elites que, aunque la pueda englobar, es mucho más que una clase dirigente) nunca estuvo incómodo en tanto su poder no se veía impugnado. Espacios en televisión, radio, foros e incluso invitaciones a sus trabajadores a votar en los correos de sus empresas lo demuestran. Luego, incluso pasando, la consulta en su contenido era como izar la bandera. Ya varios constitucionalistas habían señalado problemas jurídicos y la existencia de varios de sus puntos en la constitución del 91. Pero aún considerando inválidos estos cuestionamientos, que ésta hubiera alcanzado el umbral de nada sirve si se entiende que el problema de la corrupción, mas que jurídico y cultural (como nos quieren hacer creer), es político. Quienes lo sabíamos y, además, buscamos transformar materialmente ésta sociedad, nos veíamos entonces ante una disyuntiva difícil de saldar: apoyar un proyecto que en principio va abiertamente contra un cambio estructural de la sociedad o, en su defecto, no participar en la consulta y así darle aún más fuerza a la extrema derecha.

 

Fuerza simbólica, quiero decir. Esa que en las luchas de las cosas ásperas y materiales nace, vive y actúa retroactivamente en ellas; lucha a la cual claudicar, porque “estructuralmente no cambia nada”, es, ante todo, corto de miras. Ante esta ceguera se hace necesario explicar que una derrota apabullante de la consulta hubiera significado aún mayor legitimidad de quienes tienen sueños húmedos con la regeneración ante las pesadillas que el liberalismo plebeyo de Petro dejó, y todo lo que ello implica para la reactivación de la violencia política en el país, el aparato paraestatal y los fantasmas que ellos avizoran en nuestra historia republicana, especialmente en los momentos en que los sectores subalternos tienen una posibilidad real de poder.

 

En consecuencia, votar la consulta bajo ésta perspectiva no era un ejercicio de ingenuidad política mientras se tenía claro que el sector impulsó la consulta es, en última instancia, el último bastión de la elite que ha hecho de las patosadas mockusianas la banalización de la disputa por los símbolos ya que su producción de referentes comunes siguen siendo serviles al régimen de estas elites bicentenarias. Pero, una vez hecho éste análisis, no votarla es un ejercicio infantil y peligroso de purismo ideológico que recuerda errores históricos como el del Partido Comunista Alemán (KPD) cuando decidió atacar frontalmente al Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) antes que el hasta entonces minoritario pero en crecimiento facismo del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP).

 

Es el purismo ideológico que aqueja a una izquierda que, en su ortodoxia, olvida que ganar implica cabalgar contradicciones y que lo simbólico es un campo en disputa que abre condiciones de posibilidad para transformar lo estructural y sus expresiones materiales. Porque lo político es también la disputa por el sentido común y lo que está en juego es una correlación de fuerzas que permita la misma existencia (ésta sí, material) de quienes nos proponemos cambios que trasciendan las formas y vayan a los problemas de fondo. Sin embargo, los cuestionamientos tanto a la ortodoxia enconada en las discusiones del siglo pasado como al burdo reformismo de gran parte de la izquierda electoral del país no pueden derivar en la incapacidad de autocrítica de quienes asumimos un ejercicio sociopolítico emancipatorio, sobretodo, en lo referente a imponer una agenda propia a un contrincante que tiene la capacidad de convertirse en un animal mitológico de múltiples cabezas para no tener que hacer de la coherencia el dialogo constante de contradicciones casi insalvables.

 

Decía Benjamin (a quien le tocaría vivir y morir por los espantos del fascismo) que a cada generación se le ha dado una flaca fuerza mesiánica en el presente sobre la cual el pasado exige derechos. Así, el presente carga en su seno tanto las ruinas y las catástrofes de los oprimidos como su posibilidad de redención y, en esa vía, la configuración del ahora en instante de peligro opera también en doble vía: bien para quienes han contado las vicisitudes de la historia o bien para los que sólo la han visto a la luz de la derrota. Es entonces la incertidumbre del tiempo ante la cual quienes nos ubicamos en el bando de los hasta ahora derrotados debemos hacer del pincel y la espada herramientas con las cuales disputar sus diferentes oficios, aún cuando en este ejercicio la contradicción sea menester en orden de la victoria o -al menos- de sus posibilidades.

 

En ese sentido, la construcción de un bloque histórico en estos tiempos de incertidumbre que haga frente a la tecnocracia y a la clase latifundista se hace imperativo. Para ello, a una praxis política responsable con el momento histórico no le cabe insensatez de la consulta, la mezquindad del extremo centro demostrada en las presidenciales pasadas o el dogmatismo de izquierda ortodoxa incapaz de operar políticamente en su marginalidad. Porque si algo dejó claro la experiencia de las elecciones pasadas es que, al ser la política acumulativa, la aglutinación de las demandas sociales de los sectores populares debe hacer del pragmatismo su mejor aliado en vía de catalizar la frustración en sentido populista, esto es: devolviéndole la política al pueblo. Sólo de esta manera se podrá liberar lo político de lo electoral sin necesidad de dejar de utilizar este último como herramienta de movilización y campo que permite la creación de referentes comunes que vuelvan de la justicia social y los ideales emancipatorios el sentido común.

 

Porque tras un imprevisto resultado electoral de casi 12 millones de votos, es hora de trasladar lo político del alienante juego parlamentario y electorero a la calle; lugar que será fundamental para la ofensiva neoliberal que se viene y que, esperemos, esté en capacidad de acción y disputa ante contingencias que planteen un retroceso para quienes aún no perdemos la capacidad de soñar. En ella nos vemos.